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Licor

↔ Varía según la receta

El licor es una bebida alcohólica elaborada con aguardiente o alcohol neutro al que se añaden azúcar, frutas, hierbas, flores o especias, y que suele servirse al final de la comida o como base de cócteles. Sus antecedentes están en los preparados medicinales de la Edad Media, y hoy se produce en todo el mundo con recetas muy diversas.

Historia

Los antecedentes del licor se encuentran en las hierbas medicinales y en los vinos especiados que se preparaban en la Edad Media. Entre las élites circulaban bebidas aromatizadas como el hipocrás, y las recetas con hierbas y especias se conservaban a menudo en monasterios y boticas. Se suele atribuir a Arnaud de Villeneuve, médico vinculado a la Facultad de Medicina de Montpellier, la popularización de la destilación con alambique, un avance que permitió obtener aromas más concentrados y abrió el camino a los licores tal como se entienden hoy.

Durante los siglos XVII y XVIII, en Francia y otros países europeos, se extendieron licores obtenidos por maceración de plantas y especias en aguardiente endulzado. Se empleaban semillas como el anís, el hinojo, el cilantro o la alcaravea, y se les atribuían propiedades digestivas y de cordial. Muchas recetas se asociaron a comunidades religiosas como los cartujos, los benedictinos o los cistercienses, que las elaboraban en sus abadías.

El paso decisivo hacia el licor de fruta y azúcar suele situarse a comienzos del siglo XVIII, con la figura de Barthélemy Rocher, que incorporó fruta y azúcar a sus aguardientes y dio origen a un aguardiente de cereza de gran éxito. Hacia 1775 la fabricación de estas bebidas empezó a regularse y el número de variedades creció de forma notable. El licor pasó entonces de ser un producto de botica a convertirse en una bebida de sobremesa apreciada en la alta sociedad, y la llegada de frutas y especias exóticas desde las rutas comerciales amplió su repertorio de sabores.

En los siglos siguientes la producción se industrializó y los licores se difundieron por el resto del mundo. Italia también desarrolló una tradición propia de licores de hierbas, algunos de graduación muy alta, y en América la bebida adquirió nombres y usos locales. Hoy conviven fabricantes históricos, que conservan recetas antiguas, con marcas de gran escala que producen licores de sabores muy variados.

Cultura

El licor ocupa un lugar discreto pero constante en la vida social. Se toma solo, a temperatura ambiente o con hielo, durante o después del postre, y en muchos hogares aparece como bebida de sobremesa o de celebración. Su carácter dulce y aromático lo hace también muy útil en la coctelería, donde aporta sabor, aroma y color a bebidas clásicas y contemporáneas. Un caso habitual es el café con licor de café, que se usa tanto en la mesa como en la repostería.

En la cocina, el licor sirve para aromatizar postres, cremas, helados, salsas y bizcochos, y en algunas recetas tradicionales sustituye al vino o al alcohol de cocción. Las variedades se agrupan a menudo en familias. Las de plantas, como la menta, la verbena o el jazmín, se asocian a las recetas monásticas. Las de frutas, como la naranja, la cereza, el plátano o la fresa, se relacionan con tradiciones monásticas o campesinas. Las de semillas, como el café, el anís o el clavo, y las de raíces, como la genciana o el limón, suelen ser de origen industrial.

La bebida tiene también una dimensión visual. En las bebidas en capas se vierte cada licor con cuidado sobre el dorso de una cuchara, de modo que las densidades distintas permanecen separadas y forman bandas de colores. Algunos licores se diseñan transparentes para no alterar el color del cóctel, mientras que otros se coloran para resaltarlo.

El término tiene matices según el país. En Estados Unidos y Canadá, donde las bebidas espirituosas suelen llamarse licores, la confusión entre ambas categorías es frecuente, sobre todo con los destilados aromatizados. En Venezuela y en República Dominicana se conocen de forma popular como lavagallos. Los licores de la Unión Europea deben tener un mínimo de 15 % de alcohol y un contenido de azúcar que, en la mayoría de los casos, se sitúa entre 70 y 100 gramos por litro, con exigencias específicas para ciertos sabores.

En el consumo actual, los licores forman parte de la oferta de bares, restaurantes y tiendas, y conviven con productos más ligeros. Entre los temas de debate figura su relación con el consumo intenso y esporádico de alcohol entre adolescentes, un asunto que preocupa a las autoridades sanitarias y que se aborda en el marco de la salud pública.

Leyenda y realidad

Circulan atribuciones tradicionales que vinculan muchos licores a monjes y a recetas secretas de abadías, y algunos fabricantes reivindican ese origen monástico. Lo que se puede afirmar con más seguridad es que la destilación y la maceración de hierbas y frutas en alcohol existían ya en contextos religiosos y boticarios, pero no que cada marca proceda de una receta conventual original. Tampoco deben confundirse los licores tradicionales con los licores secos de imitación, que mezclan destilados diluidos con alcohol y ofrecen una calidad muy inferior.

Curiosidades

El efecto ouzo. Algunos licores de anís se vuelven turbios al añadir agua, porque el aceite de anís se mantiene disuelto con mucho alcohol y se separa cuando la graduación baja.
Mínimos legales en la Unión Europea. La normativa europea exige un mínimo de 15 % de alcohol y, en general, entre 70 y 100 gramos de azúcar invertido por litro, con cifras de 70 g/l para el licor de cereza y de 80 g/l para los aromatizados con genciana o ajenjo.
Canadá y el porcentaje de azúcar. En Canadá el reglamento fija un contenido mínimo de alcohol del 23 % y exige que el edulcorante suponga al menos el 2,5 % del licor terminado.